
Lo que llamamos normalidad: El poder, la historia y las verdades que nadie cuenta
- Mari Pleités

- 26 nov 2025
- 2 Min. de lectura
Cuando la conciencia despierta, el discurso del poder ya no nos alcanza
A veces creemos que los sistemas políticos se mueven por ideales, por visiones nobles o por un compromiso sincero con el bienestar de la gente. Pero la realidad es que muchas de las decisiones que se toman —y muchas de las narrativas que se repiten— están profundamente atravesadas por intereses económicos. Hay discursos que se aplauden no porque sean verdaderos, sino porque convienen. Y hay silencios que pesan porque protegen a quienes no quieren perder su lugar en la mesa del poder.
He dicho muchas veces que, cuando uno observa con atención, empieza a notar patrones: cómo se construyen “verdades oficiales”, cómo se manejan los tiempos mediáticos, cómo se fabrican consensos que, en el fondo, solo benefician a unos pocos. No es casualidad. Es estructura. Es estrategia. Y es poder.
La historia demuestra que muchas de las estructuras que hoy defendemos como “naturales” —la familia, la autoridad política o incluso el concepto de orden social— no nacieron por inspiración moral ni por un deseo de bienestar común, sino por intereses económicos muy concretos. Como explica Engels (1884), las primeras formas de organización humana eran comunitarias y flexibles, y solo cuando surgió la propiedad privada se consolidaron instituciones como la familia monogámica y el Estado, diseñadas para proteger la herencia, el control y la acumulación. Esto revela una verdad incómoda: gran parte de lo que hoy llamamos “normalidad” es en realidad el resultado de decisiones históricas que beneficiaron a ciertos grupos sobre otros. Comprender este trasfondo nos permite ver con más claridad cómo las narrativas políticas actuales siguen respondiendo a intereses particulares, disfrazados de bien común o de progreso. Cuando uno reconoce ese patrón repetido a lo largo del tiempo, es imposible no cuestionar las versiones oficiales y empezar a mirar la realidad con una conciencia más despierta.
Por eso es tan importante aprender a pensar desde afuera del ruido. Porque cuando uno despierta, ya no acepta explicaciones fáciles. Ya no traga relatos empaquetados. Empieza a distinguir quién habla por convicción y quién habla por conveniencia. Y, sobre todo, empieza a recuperar algo que el poder siempre intenta quitarnos: la capacidad de ver por nosotros mismos.
Al final, no se trata de política. Se trata de conciencia. De saber dónde estamos parados, quién mueve los hilos y, sobre todo, qué papel queremos jugar nosotros en esta historia que aún se está escribiendo. Porque cuando la lucidez llega, ya no hay vuelta atrás. Y eso, aunque incomode, siempre libera.
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📚 Referencia
Engels, F. (1884). El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.

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